LEYENDA

 

La casi verdadera leyenda de la Cabra de Oro.

En el año 826 el noble Aissó se rebeló en la Plana de Vic contra los condes Francos que gobernaban Catalunya. Los rebeldes de Aissó asolaron toda la Catalunya central y dejaron prácticamente despobladas las actuales comarcas del Bages, el Moianès, el Berguedà y Osona. El rey franco envió en su contra un ejército comandado por el gobernador franco del condado de Barcelona, Bernat de Septimània, que acorraló a los rebeldes. Aissó pidió ayuda al emir de Córdoba, quién le envió un gran tesoro para ayudar a financiar la sublevación. Aunque el tesoro no llegó a tiempo. En agosto de 829, las fuerzas de Aissó, derrotadas y perseguidas por los soldados de Bernat de Septimània, llegaron a Moià con el tiempo justo para refugiar-se en la vieja torre de Clarà, donde enterraron el gran tesoro que les había legado el emir de Córdoba, y huir. Aissó fue preso por las fuerzas de Bernat de Septimània, derrotado nuevamente, apresado, ejecutado por los francos y enterrado, junto a sus guerreros, debajo el antiguo dolmen de la Grossa.

Los más ancianos de Moià contaban que, a parte de grandes cantidades de monedas de oro, el emir de Córdoba, envió a Aissó un amuleto mágico: una cabra de oro que otorgaba a su dueño una fuerza sobrehumana y una virilidad sin límites. Explicaban también que el espíritu de Aissó deambulaba de noche por los muros del castillo de Clarà protegiendo el tesoro, y lo cambiaba de ubicación cada vez que alguien se encontraba demasiado cerca.


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Han pasado más de quinientos años. Estamos en 1381, el castillo de Clarà vuelve a estar abandonado. Los nobles de Planella, dueños del castillo por concesión del conde de Barcelona y rey de Aragón, se han mudado a Castellnou, más confortable y adecuado al poder de la familia. En este mismo año, Pere de Planella compra al rey todo el pueblo de Moià junto con otras muchas tierras y castillos. Ahora es el amo de tierras y personas y todos tienen que someterse a su voluntad.

Los más ancianos de Moià cuentan que solo puede haber una razón para explicar la gran fortuna de Pere de Planella: ha pactado con el diablo y ahora domina el espíritu de Aissó que guarda el tesoro. También dicen que de noche se sienten ruidos extraños debajo los campos de Moià: Pere de Planella, abastecido por la Cabra de Oro de una fuerza sobrehumana, ha construido una mina que comunica Castellnou con el castillo de Clarà i de este modo, por debajo del suelo, puede ir y venir de un castillo al otro para recoger, siempre que haya necesidad, partes del tesoro, que cobija el espíritu de Aissó en su dominio.

Como siervo del rey, Pere de Planella, tiene que acompañarlo en sus viajes y campañas militares, así formando parte de la corte real; y es por ello que pasa la mayor parte de su tiempo lejos del castillo. Cuando esto sucede, deja como gobernador de Castellnou su medio hermano Guil·lerà de Planella, un personatge huraño, violento y, por encima de todo, envidioso. Durante uno de estos viajes sucederá un hecho que cambiará la historia.

Bernat de Prat Sobirà es uno de los pocos campesinos libres que quedan en Moià. Cuando Planella compró las tierras, él quedó fuera del trato, ya que el rey, siglos atrás, para compensar los servicios de un antepasado suyo, le concedió la plena posesión, sin posibilidad de ningún otro dominio, de sus tierras y de todas las que pudieran comprar los descendientes.

Dolça de Casals es la doncella más hermosa de la comarca y se ha prometido en matrimonio con Bernat. Para poder casarse tienen que cumplir un trámite: en pertenecer la familia Casals a los dominios de la familia Planella, necesitan su permiso. Y ésto trae consecuencias, cual cualquier señor de su rango, la familia Planella tiene derecho de pernada. Tienen derecho, si quieren, a pasar la primera noche después de la boda con cualquiera de las jóvenes de las familias sujetas a su yugo.

Los domingos por la mañana, después de misa, la casa Planella tiene la costumbre de impartir justicia y atender las peticiones de los lugareños. Así, cada domingo, a la puerta de la iglesia, Pere o Guil·lerà de Planella, se sientan en su silla protegidos por su guardia personal y así escuchan las peticiones y quejas de sus vasallos.

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Aquel día, el padre de Dolça y los prometidos acudieron a pedir la imperativa licencia para contraer matrimonio. Guil·larà no puso impedimento alguno, pero en ver la gran belleza de la joven, exigió su derecho de pernada. El padre, a la par que el prometido, se negaron a tan condición, puesto que este derecho se ejercía ya muy poco por los problemas y reyertas que generaba así como el agravio que representaba para las familias.

Pero Guil·larà, mantuvo su parecer. No podía de ninguna manera dejar escapar la posibilidad de pasar una noche con la joven más bella de la comarca. Con el propósito de evitar un posible conflicto y augmentar el odio que sus siervos ya sentían por él, ofreció a Bernat la posibilidad de evitar el ejercicio de tal derecho. Guil·lerà sospechaba que su hermanastro había encontrado el tesoro de Aissó y la Cabra de oro y él quería también gozar de las propiedades mágicas que la cabra otorgaba a su poseedor; especialmente la virilidad, ya que había sido dotado con un miembro más bien insignificante. Si Bernat iba a las runas de Clarà, encontraba y le traía la Cabra de oro, él renunciaría a poseer a la muchacha. Entretanto, Dolça restaría prisionera a Castellnou y sería solo liberada cuando Bernat le entregase la Cabra de oro.

Bernat, sus hermanos y los mozos de la casa se dirigieron a las runas de Clarà a buscar la Cabra de oro. No sabían exactamente qué buscaban pero resiguieron las runas y removieron todas las piedras hasta que encontraron, disimulada debajo unas zarzas, la entrada de la mina. Allí, en un oscuro y húmedo sótano, sobre una roca había una cabra. Bernat se encomendó a Dios, se abalanzó sobre la roca, y en el momento de tocar la estatua se sintió embriagado por una gran fuerza, y gracias a esta fuerza pudo, con un solo salto, salir del sótano, al tiempo que el espíritu de Aissó cerraba el lugar con una gran roca, enterrando para siempre lo que quedaba del tesoro.

El domingo siguiente, a la plaza, delante de todo el pueblo, Bernat entregó la Cabra de oro a Guil·larà de Planella, pero este último no cumplió su palabra. Protegido por sus mercenarios partió hacia Castellnou diciendo a Bernat que no debía preocuparse, pues ya le devolvería a la joven después de haber probado con ella las virtudes milagrosas de la Cabra de oro.

Bernat, ante la fechoría de Guil·larà de Planella, juró venganza. El odio inundó el pueblo hasta que el señor de Planella solo podía acceder al pueblo a escondidas y protegido por sus mercenarios.

La familia Planella había tenido des de hacía mucho tiempo una casa a la Plaza de Moià. Esta casa hacia esquina con una pequeña y estrecha calle conocida como “carreró de la cansalada” (el callejón de la panceta) que terminaba a escasos metros de la muralla. Guil·larà de Planella, para entrar a la casa de la plaza sin ser visto, entraba siempre por el pequeño callejón, pasaba por la parte de atrás de las casas y entraba a caballo directamente a su domicilio. Alguno que otro sabía este pequeño detalle, el cual fue aprovechado para planear la venganza...

Un domingo, temprano por la mañana, salió de Castellnou con sus mercenarios y, mientras estos entraban por el portal de la muralla, Guil·larà de Planella se dirigió, como siempre, al callejón, abrió una pequeña puerta y entró a lomos de su caballo. Quienes le esperaban cerraron la puerta mientras una avalancha de gente armada, capitaneada por Bernat de Prat Sobirà, entraba al callejón por el extremo de la plaza y apedrearon al traidor hasta que cayó muerto del caballo. Le cortaron la cabeza y la colgaron de uno de los tederos de la plaza.

En su casa se encontró la cabra de oro y, para evitar que la posesión de tal objeto trajese consigo más desgracias, la fundieron y del oro que obtuvieron, se hicieron tres mil monedas, que era el precio que Moià tenia que pagar al rey para volver a ser un pueblo libre y dejar de depender para siempre de la familia Planella.

Hay quien dice que de las tres mil monedas de oro para pagar la libertad de Moià sobraron seis y que hoy en día, después de cerca de siete-cientos años todavía hay alguna guardada en Moià. Estas monedas conservan una pátina del poder mágico de la cabra de oro y a lo mejor mirando la entrepierna de los hombres de Moià sabréis quién guarda alguna...


Recopilada y adaptada por Ramon Tarter i Fonts.
Traducida por Imma Pladevall i Canet.